El mundo sería mejor si hubiera más ingenieros de ascensores

Afortunadamente tengo la suerte de poder ir todas las mañanas hasta el trabajo en metro, así que no desaprovecho la oportunidad de disfrutar de uno de los mayores laboratorios sociales que existen. Hay muchos experimentos que poder realizar, como por ejemplo, la prueba del ascensor.

Consiste en meterse en el ascensor a primera hora de la mañana, cuando todo el mundo tiene una prisa irracional por llegar al trabajo. Intenta meterte cuando no esté lleno, a mitad de capacidad es ideal, y entonces sitúate lejos de los botones. A los pocos segundos alguien pulsará el botón para bajar, cerrándose así las puertas. En ese justo momento podrás ver a una persona que viene a todo correr calle abajo, o semáforo en rojo, situándose justo delante de la puerta transparente, ya cerrada, del ascensor.

Aquí está el momento clave. Observa cómo la persona que está fuera presiona repetidamente el botón de llamada, en un intento inútil para que las puertas del ascensor se abran. Observa la cara de las personas que ocupan contigo el ascensor, especialmente el de la persona que está más cerca del panel de mando. Todo sucede en dos o tres segundos, en los que esa persona mirará al suelo o a la cara de la persona que está al otro lado de la puerta transparente, dependiendo si es un cretino ocasional o profesional. Antes de que te des cuenta estarás abajo, en las taquillas del metro.

Sea como fuere, después de participar en dicho experimento uno entra en el vagón del metro con las ideas más claras. De cada diez personas en el interior de un ascensor, hay por lo menos un sujeto cretino incapaz de estirar el dedo índice y perder unos cinco segundos por otra persona. Pero lo más preocupante es el silencio y la actitud pasiva de los otros nueve. El tuyo y el mío. El nuestro. Se le ponen a uno los pelos de punta imaginando lo que pasaría si hubiera en juego algo más que unos míseros segundos.

Esto sucede así de lunes a viernes en un noventa y ocho por ciento de las ocasiones. La prueba del ascensor explica perfectamente cómo son posibles los grandes y pequeños horrores de la humanidad. Es entonces lógico preguntarse por qué tienen los ascensores un botón que permite abrir sus puertas.

¿En qué piensan los ingenieros cuando deciden instalar ese botón, que además complica y encarece el diseño del ascensor? Tal vez su mundo gire solo en torno a materiales y ecuaciones, desconociendo totalmente la naturaleza humana. O, por qué no, quizá piensen que la humanidad se merece dicho botón, que el ser humano se merece una oportunidad.

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